lunes 6 de octubre de 2008

Ejercicio de soberbia


“Amarás a Dios sobre todas las cosas...”

 Siempre me enseñaron que Dios formaba parte de cuanta cosa existe. Que estamos inmersos, o lo que es lo mismo, formamos parte de su obra al tiempo que de su propio ser. Sin embargo, somos tan libres de albedrío como libre es un pececito en un diminuto acuario de cristal, puede ir a donde le plazca pero no mucho más allá de su acristalada barrera; por la barrera claro, y porque sin lugar a dudas moriría en el intento. Ironías de la vida que su prisión sea a su vez lo que le mantiene vivo.

 Estamos rodeados, acorralados, circunscritos a un universo del que no podemos escapar porque cada cosa que vemos, que sentimos, que escuchamos, que deseamos o soñamos es factura suya (de Dios). Nos rodea, incluso en el espacio aparentemente vacío que existe entre los dedos o los pies o los ojos o cualquier otra ocurrencia. Si cada cosa que veo, que siento o que oigo es hechura de Dios, si Dios está en cada partícula de aire que respiro, en cada átomo de mi ser, en cada entresijo microscópico de cuanto existió, existe o existirá, si es esto así: ¿Cómo puedo amar a Dios por sobre todo Él?, ¿Cómo puedo amarlo y despreciarlo al mismo tiempo?... ¿Puedo acaso apartarme de Dios para llegar a Él?... No, no puedo hacerlo, no puedo amar a Dios por sobre todas la cosas porque tengo que amarlo desde todas sus cosas, he aquí la cuestión, mi cuestión… Un mandamiento humano, no divino… que aparta, que divide, que acalla, que subyuga… y quizá lo más importante, que se contradice a sí mismo en un bucle infinito.

“… y al prójimo como a ti mismo”.

Si siguiera al pié de la letra estas palabras muchas veces no amaría ni a mi sombra. Es la ventaja que da un mandamiento que fluctúa con tu estado de ánimo, vamos, que no tengo excusa ninguna para desobedecerlo. Que te odias, pues odia a tu prójimo. Que te sientes a gusto contigo mismo, pues ama a tu prójimo. Ahora entiendo el porqué del caos en el que vivimos, el  porqué de tantas guerras, tantas muertes, tanta hambre, tanta desigualdad, tanta hipocresía… Tengo derecho a odiarme, eso lo sé seguro pero: ¿Debo ser yo el baremo con el cual medir mi actitud para con el prójimo?, ¿Debe ser el resultado de mi autoevaluación personal el indicador de cómo debo actuar con los demás?... No, no debo amar a mi prójimo tanto como me ame yo sino tanto como lo que significa formar parte de un todo, he aquí la cuestión, mi cuestión… Un mandamiento humano que individualiza un sentimiento que no es individual sino universal.

El amor es el único instrumento que nos une porque sin él no existiríamos. Un solo ser no puede amarse a si mismo pues eso es sólo una ilusión, necesita alguien a quien amar y ese amor irremediablemente le unirá a su ser amado. Será luego el tiempo el que determine cuan sincero y autentico fue pero aún así nos quedaría una última excusa: somos humanos y por lo tanto imperfectos.

miércoles 28 de mayo de 2008

La farola


“habrá un día en el que no te importe morir. Ese día comprenderás que estás vivo, será entonces cuando empieces realmente a vivir.”

La noche oscura y fría pesaba como una gigantesca losa. A lo lejos sólo podía distinguir la luz de una vieja farola que iluminaba lo que parecía un universo aislado, un trozo de queso en un mar de alquitrán, un agujero imprevisto sobre la impoluta faz de una cartulina negra.

Mientras yo me encontraba vagando perdido en la penumbra cientos de bichos revoloteaban hipnotizados por el brillo, por aquel solitario brillo que parecía protegerles, mantenerles unidos, atrapados acaso. Una y otra y otra vez rebotaban sus cuerpecillos contra un muro imposible de franquear, irrealizable para tan nimias criaturas. No entendía ese afán por intentar atravesar el cristal que les separaba de aquel diminuto infierno y que les impedía dirigirse a una muerte segura, así como tampoco entendía mi obsesión por mantenerme agazapado en la oscuridad, protegido quizá, escondido… si, escondido… ¿Pero de quien?, ¿de qué?... En ocasiones quisiera dejar de hacerme preguntas, de cuestionar, de dudar, sólo mirar, sólo sentir, respirar, como un árbol… como una piedra maltratada por el mar, sin opciones, condenada a existir…

Uno a uno fueron cayendo, exhaustos, moribundos… si, moribundos pero no vencidos, a fin de cuentas habían logrado su propósito, el precio a pagar era en definitiva lo de menos, lo importante era el objetivo final y ese objetivo final no era la meta, era el camino. Lo importante no era aquel destello luminoso, increíblemente atrayente, imposible de resistir, hechizante… lo importante era el propósito, no el fin… no entendían el porqué ni el cómo, quizá tampoco tenían muy claro el cuándo, pero lo que si parecían saber era hacia donde querían ir, que deseaban llegar, cruzar el umbral, aunque en ello se les fuera la vida.

Y la vida se les fue, aunque no estoy del todo seguro…

Yo sigo aquí, en la oscuridad, oculto, sin motivo aparente, bajo el peso de una noche que me impide moverme… deseando encontrar mi propia farola.

jueves 22 de mayo de 2008

Algunos metros bajo tierra


Era una mañana fresca y tranquila. La pesarosa bruma iba lentamente cediendo su terreno y en su lugar el Sol, rápido y astuto, empezaba a calentar cada resquicio del jardín reconquistando vigorosamente aquel espacio que había perdido.
El rocío que durante la oscura noche se apropió de toda superficie animada o inanimada, cual húmedo manto, ahora brillaba fugaz anunciando su veloz retirada hacia algún lúgubre recodo a la espera de mejores tiempos…
Una suave y fresca brisa avivada por la luz, toqueteaba sin recato cedros, mirtos, pinos, robles y hasta a algún que otro nogal que perezoso y amargado crepitaba protestando aquella insolente intromisión. Entre las tupidas ramas, cientos de aves agitaban sus alas y entonaban sus cánticos saludando la alborada, ¿Quién si no?, pensaba, ¿Quién si no podría haber sido elegida entre todas las criaturas para tan noble y leal tarea?...

Suspiré durante unos segundos y sentí que todo aquello impregnaba mis pulmones, cerré los ojos y me soñé formando parte de aquel jolgorio, formando parte de todo en todos, de cada mirto, de cada cedro, de cada canto, de todo el viento… soñé que soñaba lo que sueña un muerto… abrí los ojos y me soñé viviendo.

lunes 17 de septiembre de 2007

Basta ya!!!


Quizá me equivoque pero no podía, en este caso, quedarme callado por mucho más tiempo.

La homosexualidad que muchas veces en la calle han descrito como una moda de los últimos tiempos, es una condición de la sexualidad humana que ha pasado de estar en una posición claramente reivindicativa a otra en la que los propios homosexuales, aquellas minorías visibles, se han encargado de pisotear, encasillar, difamar y boicotear hasta niveles imposibles. Lo peor de todo es que a veces hasta con premeditación y alevosía.

A estas alturas del desarrollo social y cultural en que la sexualidad humana, esa que implica sólo el consentimiento, el deseo y la sensibilidad personal, debería ser un asunto privado resulta que por el capricho de unos pocos tendría que ser voceado sino vociferado en aras de un orgullo insensible y poco respetuoso con aquellos que no compartimos esas formas de reivindicación.

Hoy estamos casi acostumbrándonos a que nos vendan la homosexualidad como un estilo de vida, como si el hecho de que me atraigan o no los hombres -o las mujeres- necesariamente implique que deba actuar o vestir de una manera o de otra, o que deba sentirme constantemente perseguido por los demás y en actitud defensiva ante todo lo que considere homofóbico porque resulta que hoy en día todo lo que no sea pro-gais es homofóbico. Lo denominado gay se rige por unas normas que debemos acatar sin rechistar si queremos ser “aceptados” socialmente y son tan concluyentes que cualquier pobre desprevenido que inconscientemente incluya dentro de su modo de vida alguno de esos parámetros será inevitablemente tachado de homosexual y se le exigirá a viva voz para que “salga del armario” de una vez y para siempre.

En nombre de las libertades de sexo nos venden algo que no es verdad. No todos los homosexuales llevamos una banderita multicolor en nuestras manos. Muchos, la mayoría, huimos de los encasillamientos, no nos interesa marcar paquete ni bíceps en locales de ambiente ni mucho menos pasar por la vida acumulando amantes en una lista, ni merodear por los baños de los centros comerciales, ni vivir pensando en la moda o cualquiera de esos parámetros con los cuales mi vida está siendo medida, analizada e incluso manipulada. Somos seres humanos que queremos ser respetados y tolerados por lo que somos, seres humanos iguales a todos los demás, y no porque pertenezcamos a un colectivo de gais, lesbianas, transexuales o lo que sea que sintamos. Colectivo al que por cierto he sido asociado sin mi consentimiento.

No pertenezco a ninguna minoría porque no quiero ser encasillado por lo que haga con mi vida en mi intimidad, no quiero que ningún organismo me defienda cuando considero que no he cometido ningún acto que merezca defensión, no quiero que nadie levante una bandera por mi si ese que hoy la levanta me dicta luego la manera en la que tengo que comportarme y en definitiva la forma en la que debo llevar mi vida.

Aborrezco a los gais y lesbianas que valiéndose de su condición hacen apología del homosexualismo, aborrezco a los que dicen defender un modo de vida que no existe y que lo que defienden es un libertinaje sexual que en definitiva sólo interesa a unos pocos que pueden luego rentabilizarlo o en el peor de los casos utilizarlo como excusa. Aborrezco a los que dicen luchar por “nuestra causa” y lo único que consiguen es crear guetos que nos califican y encasillan cada vez más.

Grito desde esta humilde página un ¡BASTA YA!... debemos normalizar la situación de los homosexuales, lesbianas y demás… debemos exigir que ser gay deje de ser una noticia porque mientras lo sea seguiremos sintiéndonos arrinconados, avergonzados, temerosos de nuestra condición. Y en ese sentido nadie es más culpable que nosotros mismos.

lunes 20 de agosto de 2007

Una hoja en otoño


Era una fría mañana de otoño, la lluvia caía como vaporizada por un gigantesco atomizador, el viento jugueteaba con ella y con la ropa tendida que colgaba de alguna de las ventanas… Suspiré sin querer y un pedazo de ese momento lleno mis pulmones para luego marcharse dejándome un sabor a brebaje en la garganta… El sonido del viento parecía pretender humanizar los llorosos nubarrones oscuros que se extendían por todos lados hasta incluso obligarme a imaginarles ojos, bocas y narices para más tarde advertirles como feroces y regordetas figuras de pegajoso algodón de feria que, lentas y pesadas, iban impregnado todo a su paso con la desapacible humedad de la melancolía y la sombría frialdad de la tristeza.

Una enorme hoja de castaño vapuleada por el viento se coló por la ventana y fue a parar al pie de mi camastro. Parecía cansada, sin fuerzas, moribunda suplicando clemencia… vaciló un poco antes de quedar quieta, como muerta, esperando quizá haber hallado en aquel trozo de suelo la quietud que necesitaba. En ella también creí ver un rostro, si!... al final, después de unos minutos, me pareció distinguir como una etérea sonrisa se dibujaba sobre su piel…

Luego el silencio… Luego, sólo un cadáver…

Cerré los ojos como queriendo hacerlo por última vez, mi cabeza empezó a dar vueltas y miles de imágenes a velocidad de vértigo atacaron mi mente, era la historia de mi vida en un especial de último minuto. Nadie la narraba, nadie estaba allí para ayudarme a comprender lo que pasaba, sólo podía ver y callar, sentir y callar, callar y esperar…

Abrí mis ojos, esta vez sí por última vez, y vi dibujada en mi rostro una sonrisa, era muy sutil, muy frágil, pero estaba allí, como aquella hoja en aquel trozo de suelo…

Luego… sólo un cadáver... y el silencio se apoderó de mi...