Ejercicio de soberbia
“Amarás a Dios sobre todas las cosas...”
Siempre me enseñaron que Dios formaba parte de cuanta cosa existe. Que estamos inmersos, o lo que es lo mismo, formamos parte de su obra al tiempo que de su propio ser. Sin embargo, somos tan libres de albedrío como libre es un pececito en un diminuto acuario de cristal, puede ir a donde le plazca pero no mucho más allá de su acristalada barrera; por la barrera claro, y porque sin lugar a dudas moriría en el intento. Ironías de la vida que su prisión sea a su vez lo que le mantiene vivo.
Estamos rodeados, acorralados, circunscritos a un universo del que no podemos escapar porque cada cosa que vemos, que sentimos, que escuchamos, que deseamos o soñamos es factura suya (de Dios). Nos rodea, incluso en el espacio aparentemente vacío que existe entre los dedos o los pies o los ojos o cualquier otra ocurrencia. Si cada cosa que veo, que siento o que oigo es hechura de Dios, si Dios está en cada partícula de aire que respiro, en cada átomo de mi ser, en cada entresijo microscópico de cuanto existió, existe o existirá, si es esto así: ¿Cómo puedo amar a Dios por sobre todo Él?, ¿Cómo puedo amarlo y despreciarlo al mismo tiempo?... ¿Puedo acaso apartarme de Dios para llegar a Él?... No, no puedo hacerlo, no puedo amar a Dios por sobre todas la cosas porque tengo que amarlo desde todas sus cosas, he aquí la cuestión, mi cuestión… Un mandamiento humano, no divino… que aparta, que divide, que acalla, que subyuga… y quizá lo más importante, que se contradice a sí mismo en un bucle infinito.
“… y al prójimo como a ti mismo”.
Si siguiera al pié de la letra estas palabras muchas veces no amaría ni a mi sombra. Es la ventaja que da un mandamiento que fluctúa con tu estado de ánimo, vamos, que no tengo excusa ninguna para desobedecerlo. Que te odias, pues odia a tu prójimo. Que te sientes a gusto contigo mismo, pues ama a tu prójimo. Ahora entiendo el porqué del caos en el que vivimos, el porqué de tantas guerras, tantas muertes, tanta hambre, tanta desigualdad, tanta hipocresía… Tengo derecho a odiarme, eso lo sé seguro pero: ¿Debo ser yo el baremo con el cual medir mi actitud para con el prójimo?, ¿Debe ser el resultado de mi autoevaluación personal el indicador de cómo debo actuar con los demás?... No, no debo amar a mi prójimo tanto como me ame yo sino tanto como lo que significa formar parte de un todo, he aquí la cuestión, mi cuestión… Un mandamiento humano que individualiza un sentimiento que no es individual sino universal.
El amor es el único instrumento que nos une porque sin él no existiríamos. Un solo ser no puede amarse a si mismo pues eso es sólo una ilusión, necesita alguien a quien amar y ese amor irremediablemente le unirá a su ser amado. Será luego el tiempo el que determine cuan sincero y autentico fue pero aún así nos quedaría una última excusa: somos humanos y por lo tanto imperfectos.





